El barro sigue sucio
Desde que tengo a mi hijo no puedo dejar de mirar atrás.
No solo a mi padre, sino al Diseñador de la Lattice.
Cómo fui hijo. Cómo soy padre. Cómo Él es conmigo.
La mente es cruel y misericordiosa a la vez: bloquea recuerdos durante años y los devuelve de golpe mientras juegas, gritas o abrazas. Mi esposa no siempre entiende mis miradas perdidas cuando observo a mi hijo. A veces sonrío. A veces pienso. A veces me invade el recuerdo de haber sido un mal hijo y el miedo insoportable de que él llegue a serlo conmigo.
Educar duele. Corregir duele.
Una frase mal dicha puede dejar un héroe o un villano.
"Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor."
Efesios 6:4
Cuando veo a un padre alejado de su hijo sé que no fue de repente. Hubo puntos de inflexión, oportunidades perdidas, perdones no dados. Yo no quiero acabar ahí.
Ahora entiendo la paciencia de Dios. Su paciencia. Y otra vez su paciencia.
Mi hijo no me fue dado por casualidad, sino para otro proceso, otra etapa.
Y aun así tengo miedo.
Miedo de que los pecados del padre alcancen a los hijos.
Miedo de las cadenas que dicen estar rotas, pero cuyos eslabones aún duelen.
¿Y si las cadenas no están rotas?
“¡Es misericordioso por mil generaciones! ¡Perdona la maldad, la rebelión y el pecado, pero de ningún modo declara inocente al malvado! ¡Castiga la maldad de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación!”
Éxodo 34:6-7
Cristo rompe cadenas, sí. Pero hay verdades que, una vez vistas, no se pueden ocultar. Hay procesos que no terminan. Aguijones que no se van. Yo también he pedido que me los quite.
Y no lo ha hecho y quizás nunca lo haga.
Un día supe que mi hijo tomó una fruta y, sin que nadie lo viera, la bendijo. No había corrección, no había orden, no había testigos. Solo él y Dios.
¿Es consciente de algo más?
¿O solo repite lo aprendido?
Aquí nace el miedo mayor: ¿y si nunca percibe? ¿Y si vive una vida correcta pero vacía? Yo puedo mostrarle a Dios, pero no puedo revelarle a Cristo. Eso no depende de mí.
“Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo.”
1 Corintios 12:3
Entonces pienso: ¿y si Dios decide usarme?
¿Por qué a mí, si soy barro?
Todo lo que digo se ensucia con mis errores. Él los ve. Él los aprende. Y temo alejarlo intentando acercarlo.
"Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros"
2 Corintios 4:7
Es una locura, pensar que esta responsabilidad no me fue dada por hombres sino por Dios.
Algún día rendiré cuentas de que tipo de padre fui, por eso no puedo parar.
Hay un fuego que no se apaga, no quiero que se apague.
"Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude."
Jeremías 20:9
Dios me ama a mí, como mi padre me ama a mí, como yo amo a mi hijo.
No hay un final bonito.
Este es el final… por ahora.
Y eso que Dios, en su misterio, nos ha dado más hijos. No solo uno.