El USB
Todo comienza tirando la basura.
Una vida normal. Una rutina normal. Quizá una situación más aventajada o peor, según a quién preguntes. Todo lo que soy —todas las decisiones buenas y malas tomadas— conducen a ese momento. Y es entonces, cuando haces lo más común, cuando aparecen pinceladas de los ecos de mi vida que no pudieron ser.
Si alguien ha visto la película Mr. Nobody (Jaco Van Dormael), quizá me entienda cuando pienso que ojalá creyera en la teoría del Big Crunch: así podría, una y otra vez, tomar decisiones hasta descubrir qué vida es la más plena. Sin embargo, solo tengo una vida y millones de decisiones. ¿Debo acertarlas todas?
Pregunto a cristianos y me dicen: «alíñate con la voluntad de Dios». Claro… como si eso no fuera un problema. Siempre lo he pensado y siempre lo pensaré: así como enseña la teoría del efecto mariposa, sé que un cambio —un error, un pecado—, por leve que sea, podría alterar el destino y afectar a miles, quizá millones de personas a mi alrededor.
¿Y si al pintor austríaco lo hubieran aceptado en Bellas Artes?
Quizá por eso creer que existen millones de posibilidades no es una solución, sino un problema. Sin embargo, no puedo dejar de pensarlo. Mi hijo… si hubiera esperado un segundo después, habría sido otro. Espero que dependa de Dios, porque si no, tendría miles de historias que contar en esta sección.
«Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas»
Efesios 2:10
Y en esa rutina normal, en esta vida normal, veo un USB —un pendrive— cerca del cubo de basura. Inmediatamente mi mente sale de mi cuerpo y empiezo a construir una historia que quizá no pasó, o ya pasó, o pasará… según se mire desde el punto de vista humano o desde el punto de vista divino.
Recojo el USB. Siento que tiene algo. Como siempre que me encuentro un dispositivo parecido, intento averiguar qué hay dentro. Sé que un golpe de suerte —o el lápiz del Creador— puede cambiar una historia.
Llego a casa helado por el frío. Por supuesto, bajé sin chaqueta bajo la idea de «es solo un minuto». Todo funciona y me consuelo. El minuto se me hizo largo.
Bendito corazón adolescente e impulsivo.
«El que es impulsivo actúa sin pensar; el que es reflexivo mantiene la calma»
Proverbios 14:17
Tengo un frenesí en el pecho, una sensación de que puede haber algo ahí dentro, tan intensa que por un segundo se me olvida el frío. Por fin conecto el ordenador. Justo antes de insertar el USB pienso que existen pendrives capaces de estropear el equipo. En fin… ya hemos llegado muy lejos.
Y de repente aparece la notificación. Ya tengo el 50 % ganado, pienso. En el peor de los casos tendré un buen USB; uno de 64 GB siempre viene bien. Abro la única carpeta existente y encuentro un archivo que simplemente desconozco.
Pienso en eliminarlo, pero por alguna extraña razón investigo qué puede ser.
La respuesta me deja atónito.
Son bitcoins.
7024 Bitcoins
Compruebo el precio. Cerca de 100.000 euros por unidad. Setecientos dos millones de euros. ¿Es posible? Compruebo y vuelvo a comprobar. Con una delicadeza mayor incluso que la que tuve al coger a mi hijo por primera vez, confirmo que es real.
Es un salvavidas. Es una catapulta.
Hasta me da vergüenza que un ordenador con el giro de pantalla estropeado pueda contener semejante valor. Creo que así se siente el Espíritu Santo glorificado en vasos de barro, como dice la Biblia.
«Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros»
2 Corintios 4:7)
Pero no hay tiempo para eso.
¿Qué hago?
¿Se lo cuento a mi mujer o vivo una vida sosteniendo todo en silencio, haciéndole creer que seguimos creciendo cuando, en realidad, todo estaría bajo control?
No es por falta de empatía ni de confianza; es porque sé que alguien podría saberlo, y sé lo que las personas harían si lo supieran.
"Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males, el cual, codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores"
1 Timoteo 6:10
Y entonces caigo en lo importante:
¿De quién es esto?
Alguien lo estará buscando. ¿Alguien me vio? ¿Me podrían encontrar? Por un segundo pienso en dejarlo donde estaba. Entiendo que hay gente capaz de hacer daño por una cantidad así.
Pienso en cámaras, en tiempos, en errores inevitables. Tarde o temprano llegarían a mí.
En ese momento tocan a la puerta.
Me quedo helado. Mucho más que cuando salí mal abrigado. Son las 21:30. No es tarde. Como no respondo, vuelven a insistir. Cada golpe parece más fuerte. Mi frecuencia cardíaca se acelera.
Mi esposa baja preocupada, temiendo despertar a los niños. «Ya abro yo», dice. Intento detenerla, pero me quedo paralizado, calculando jugadas que no controlo.
Cuando reacciono, ya ha abierto. Normal: nunca me había encontrado en una situación así.
—¿Quién era? —pregunto.
—No lo sé. Ni siquiera pregunté. Será algún vecino que perdió la llave.
Tiene razón. Nadie de nuestros amigos llamaría a esa hora. Probablemente sean conocidos de los vecinos. Respiro. Es demasiado pronto para pensar que vienen a por mí.
Entonces escucho de nuevo la puerta.
Esta vez abro yo, con la excusa de que no quiero que mi mujer se enfríe. Son dos personas normales. Podrían ser padres de los compañeros de clase de mi hijo. Cuarenta y tantos años. Rostros corrientes. Problemas corrientes.
Me fijo en sus caras. Siempre fui bueno reconociendo gestos. Mi esposa no lo nota; yo sí. Buscan algo, y sé lo que es.
—Buscamos un USB que mi hijo tiró a la basura por error.
Respondo rápido y educado:
—No he visto nada. Pero si veo algo, les avisaré.
Hasta ese momento no me había percatado de que el ordenador sigue encendido, con la carpeta abierta y el USB conectado. Un sudor frío me recorre la espalda.
Si piden entrar, me negaré: no son horas y los niños duermen. Pero si mi esposa comenta algo, todo se derrumba. Sé que puede hacerlo; una sola palabra bastaría para levantar sospechas.
Gracias a Dios no lo hace.
No es la villana de esta historia.
Los hombres se van con dudas. No me conocen. No saben cómo soy cuando miento. Eso me alivia.
Por fin se lo cuento a mi esposa. Salta de alegría. Al fin y al cabo, hay bienes gananciales; no tengo dudas.
Está contenta. No sabe qué decir. Todo parece resuelto. Por un segundo creo que duda si entregarlo… pero ¿a quién? ¿A la policía? ¿A un gobierno? ¿A un país? ¿Quién no mentiría por tener eso? Según páginas oficiales, existen más de 140.000 millones de euros en bitcoins perdidos por el poco valor que se les dio en su momento.
Todos saben que es una moneda digital que crece cada día. Su valor real aún no es calculable.
Decidimos organizarnos y pensar con calma.
Pasan los días y parece que todo va bien en casa. No se discute igual. No nos enfadamos igual. ¿Era el dinero la solución? Me planteo algunas cosas, pero no es el momento de decirlas.
Asisto a la iglesia con normalidad. Escucho los problemas económicos de otros. Por un segundo pienso en ayudar en secreto a quienes sé que lo necesitan. Al fin y al cabo, lo mío también fue un golpe de suerte.
Qué fácil es orar cuando todo va bien. Por un segundo dudo de mi conversión. No debería sentirme así.
Cuando Judas traicionó a Jesús por treinta monedas de plata, ¿se sentiría igual? Pero espera… Dios me entregó esto. Yo no soy el malo. Si alguien lo es, sería Él.
Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese.
Juan 17:12
Días después voy a recoger a mi hijo, como cualquier día normal. Me dicen que mi esposa ya lo ha recogido. Me extraña: esa mañana habíamos acordado que iría yo.
La llamo. No contesta.
Llamo a gente cercana. Tampoco.
Empiezo a preocuparme.
Entonces recibo un mensaje de alguien que tengo agregado como «Posible fraude»: «Te esperamos en tu casa».
Voy corriendo al coche. Pienso otra vez en las miles de posibilidades. En qué diré. En cómo actuaré. Siempre creí que sería frío en una situación así. Lo sabré en quince minutos.
Siento la adrenalina. Me siento torpe. Débil. Desarmado.
Recuerdo que mi esposa me dijo una vez:
—¿Por qué no te sacas la licencia de armas?
Me reí.
—No creo que me haga falta.
Qué equivocado estaba.
Llego a casa. Mi esposa está sentada en el sofá mientras mis hijos juegan con los regalos de Reyes. Aún no saben nada. Suspiro de alivio: quizá era una broma.
Avanzo dos pasos y los veo.
Son los mismos hombres.
—¿Tienes los bitcoins?
—No —respondo con seguridad, con una mirada que sé que es fría.
Dudan. Portan armas. Saben que las veo. Pero mi respuesta es directa.
—No.
«Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia»
Filipenses 1:21
No te enfades, Dios. Sé que está fuera de contexto. Pero uno va al cielo por Cristo, no por sus obras… ¿verdad?
—¿Sabes que te mataremos después de ver morir a tu familia?
—Lo sé —respondo—. Pero no lo tengo. Y aunque los mates, seguiré sin tenerlo.
No sé de dónde sale esa valentía. Quizá no es valentía. Quizá es haber llevado mis creencias hasta el límite. No saldré de esta. Pero ellos tampoco ganarán.
Si fui llamado, lo sabré en unos minutos. Si nunca lo fui, también. Por fin el punto final de mi historia. Por fin descubrir qué hay después de la muerte.
Ver aquello que Pablo intentó describir. Un hombre anciano relatando la eternidad del mismo modo que una hormiga intenta explicar el funcionamiento de un motor.
Volvemos...
Mi esposa me mira. Llora. No entiende. Cree que el dinero es lo importante. Piensa que amo el dinero más que a ellos. Piensa que quizás hizo algo mal para no entregar sin dudar todo por ellos.
Para mí es sencillo, quien cree que hay algo después de la muerte entiende que la vida es una etapa.
No es por obra es por gracia.
Ahora bien, si siempre estuve condenado, este será el momento de saberlo.
– No te preocupes, mi amor. Nos veremos en un momento. – Le digo a mi esposa con seguridad.
– No te preocupes, hijo. Luego te lo explicaré. – Le prometo a mi hijo.
TODOS NECESITAN SER PROBADOS, TODOS NECESITAN SER PASADOS POR FUEGO
Si la obra de alguno es consumida por el fuego, sufrirá pérdida; sin embargo, él será salvo, aunque así como por fuego.
1 Corintios 3:15
FIN
Nunca fue el USB.
Nunca fue el dinero, ni el miedo, ni siquiera la amenaza.
Fue el instante invisible en el que el libre albedrío rozó la predestinación.
El punto exacto donde la fe tuvo que decidir si obedecer a la realidad
o desafiarla.
La materia solo fue el escenario. El objeto, una excusa.
El conflicto siempre estuvo en el corazón.
Porque hay decisiones que no se toman para salvar la vida,
sino para no perder el alma.
Y quizá eso sea lo único que queda cuando todos los caminos posibles se apagan:
descubrir que la prueba no era lo que encontraste,
sino quién estabas dispuesto a ser cuando lo encontraste.