La llamada que no era para mi

Todo empezó cuando tenía dieciséis años.

Me gustaba el fútbol, la PlayStation —sobre todo el PES 2010— y todo lo relacionado con el universo. Miraba al cielo con más interés que a la gente. Ya entonces me sentía distinto. No apartado, pero tampoco dentro. Podía hablar con cualquiera, moverme entre grupos, pero nunca encontraba mi lugar, quizá no era falta de encaje. Quizá ya había una separación en curso.

“Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas.”

El fútbol era importante para mí. Pensaba que iba a jugar muchos más años. Recuerdo el día en que el entrenador me dijo que quería construir el equipo alrededor mío. Me ilusionó… y me aplastó, no supe sostener esa presión. Mucho menos después de lo que ocurrió. Dejé de entrenar. Dejé de ir. Dejé de creer que ese camino era mío, mi padre me animó a dejarlo y entonces llegó la llamada. 

Una llamada que, irónicamente, ni siquiera era para mí. 

Pero en ese deseo constante de encontrar un lugar —cualquiera— fui. El mensaje no iba dirigido a mí, pero tampoco fui rechazado. Tal vez porque Dios abrió una grieta para poder mostrarme más, eso lo entendí más tarde.

“A los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó…”

He de decir que no era ajeno a lo cristiano. Había escuchado historias a través de mi hermana, del colegio católico, de la catequesis que incluso llegué a hacer buscando respuestas. Como buen escéptico, me quedé en la superficie. El entorno no me satisfacía. Las respuestas tampoco.

Hasta que llegué a un lugar distinto.

Allí conocí personas que vivían una experiencia espiritual, no solo hablaban de ella. Y me asusté. Lo desconocido siempre da miedo. No entendí nada. Absolutamente nada, pero volví.

Volví porque había algo más. Porque, por primera vez, no me sentía falso. No estaba actuando para encajar. No estaba representando un papel.

Pasaron los meses. Escuchaba sermones que no entendía. Veía gente llorar. Observaba cómo algunos amigos pasaban de un éxtasis profundo a saludarte al día siguiente como si nada hubiera ocurrido.

Yo no quería imitar eso. Lo que anhelaba era experimentarlo.

Y sin embargo, Dios no quiso dármelo.

No era el momento.
O no era su voluntad.
O yo no estaba dispuesto.

Eso tendremos que aclararlo algún día.

En medio de uno de esos sermones —de esos que atraviesas sin comprender— tomé una decisión: seguir a Cristo. No porque entendiera el mensaje, sino porque ya no podía ignorar la grieta.

Recuerdo haber preguntado años antes, en clase de Religión, por qué Jesús tenía que morir. Si era bueno, si sanaba, si ayudaba… ¿no habría sido mejor que siguiera vivo?

Aunque la monja me intentó explicar el pecado, no lo podía entender, era como si me explicara las características del agua lo cual no me importa si tengo sed.

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya…”

Entender el versículo anterior, no es un acto humano. No lo haces tú. Te es entregada.

Si a Dios no le place, no hay revelación, ¿por amor le plació?

En algún punto de mi caminar fui regenerado. Ya no pensaba igual. Ya no creía igual. Era como si hubiera tomado una pastilla que sanó mi enfermedad. Si me preguntas como, no lo entendía, solo sé que funcionó.

Ahora tenía fe.

Dios salió a mi encuentro. Como Pablo, que perseguía cristianos y fue encontrado, yo también fui encontrado.

  1. Entendí el pecado.
  2. Conocí a Cristo.
  3. Entendí la Gracia

Y mi vida se arruinó, porque en ese momento supe que no podía ser como antes, sabía que el camino empezó. Cuando descubres una verdad, no puedes ignorarla.

Estoy seguro de que Dios, que comenzó a hacer su buena obra en ustedes, la irá llevando a buen fin hasta el día en que Jesucristo regrese.

Ahora comprendía por qué nunca encajé. Por qué siempre había una distancia invisible. Era como Neo en Matrix, cuando descubre que la oficina, el sistema, la rutina… no lo eran todo.

Había algo más. Algo que solo se entiende cuando las cadenas caen.

No había duda, había un propósito

Para esta vida.
Para mí.
Para los que vienen después de mí.

“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”

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